Este espacio esta dedicado a dar a conocer la riqueza de nuestro pais
Los primeros dueños de Chuquicamata fueron los hermanos Guggenheim, que crearon la Chile Exploration Comapany para extraer el “oro rojo” del desierto de Atacama. En 1923, los Guggenheim se retiraron y vendieron el negocio a otra empresa estadounidense, la Anaconda Cooper Mining Company. A partir de 1966 comienza el proceso que se conoce como la “chilenización del cobre”, que finalizará en los años setenta con la nacionalización de este esencial recurso de la economía chilena. En 1976, ya durante el gobierno militar, se crea la Corporación Nacional del Cobre, CODELCO, que hoy funciona como una empresa del Estado. Cuando el mercado del cobre volvió a abrirse, CODELCO se quedó con la mina de Chuquicamta. Hoy, la estatal comercia el 30% del cobre que produce el país. El resto corresponde a compañías privadas.
Un mundo aparte
Alrededor de la mina, los estadounidenses edificaron un campamento que llegó a convertirse en una ciudad. Durante años, Chuquicamata fue más que un yacimiento de cobre. Fue el hogar en el que se criaron generaciones de mineros. A pequeña escala, Chuquicamata reproducía de manera artificial el mundo real que existía más allá de la puerta de entrada a la mina. Una barrera que los que vivían en “Chuqui” no necesitaban atraves
En el campamento de Chuquicamata había de todo. Y todo seguía los esquemas estadounidenses. La escuela de Chuquicamata, en la que se educaban los hijos de los mineros, era mucho mejor que los colegios de las ciudades cercanas. El hospital de Chuquicamata atendía a los obreros con mejores prestaciones que la mayoría de las clínicas circundantes. Iglesia católica, centro mormón. Teatro, clubes, estadio. Tiendas y plaza central. Cementerio. El mundo cabía dentro de una mina de cobre.
También Chuquicamata reflejaba las diferencias de clase de la vida ordinaria. Las casas de los obreros eran más pequeñas que las de los empleados y tenían un solo baño compartido. Los empleados podían disfrutar de un jardín, pero sus “adosados” no eran comparables a las villas de los directivos. En los clubes de la gerencia no se permitía entrar al obrero, y en las tiendas para mineros no se vendían los mismos productos que en las que atendían a los jefes.
Primero la distinción se hacía entre estadounidenses, directivos, y chilenos, obreros. Luego, cuando Chuquicamta pasó a manos nacionales, recalcaba los distintos roles dentro de la empresa. Con el tiempo esta separación se fue matizando y aunque seguían existiendo diferencias en la calidad de los hogares, los lugares públicos de Chuquicamata se abrieron al acceso general.
Casas de obreros en Chuquicamata.

LA LEY Beto Cuevas, Mauricio Clavería y Pedro Frugone no son nombres nuevos para los fanáticos de la música: la historia del trío conforma en cierto modo la ‘banda sonora’ de las vidas de millones de chicos y chicas que crecieron escuchando sus canciones en la radio a todo volumen. Es imposible pensar en el rock en Latinoamérica sin dedicarle uno de los mayores capítulos a LA LEY. Desde su formación en Chile, en 1987, la banda revolucionó los hasta entonces ultra estructurados conceptos de la escena rockera del país austral y avanzó veloz en su viaje sonoro, generando un inconfundible y melodioso lenguaje musical y una fuerte estética propia, hoy sellos inconfundibles dentro de la propuesta del grupo. Catorce años, siete discos y decenas de premios -incluidos un Grammy y un Grammy Latinos- después de aquel comienzo, LA LEY es uno de los pilares del pop-rock en castellano. Cada nuevo álbum, cada tema, cada video, refleja el crecimiento de un combo que sorteó fronteras con inteligencia y arte, que conquistó escenarios en toda Latinoamérica, Estados Unidos y España, y que cosechó en el camino el reconocimiento de sus seguidores, sus pares, la crítica especializada y los miembros de la industria. La travesía no fue fácil: en la senda la banda perdió integrantes –entre ellos a Andrés Bobe, guitarrista y miembro fundador del combo, que falleció en un accidente automovilístico en abril de 1994-, y debió reinventarse a sí misma, contra la adversidad. Como reza la letra de Día Cero, uno de sus temas ya clásicos, LA LEY ‘sopló cenizas de su ayer’ y renació a una nueva etapa, que marcó finalmente su consagración internacional y la alineación de trío [Beto Cuevas (voz), Mauricio Clavería (batería) y Pedro Frugone (guitarra)] que mantiene hasta el presente. El resto es ya parte de la historia, de una historia que el grupo aún hoy sigue escribiendo, y en letras mayúsculas. LOS COMIENZOS
El disco es un instantáneo éxito –sólo en México vende en los primeros meses 400 mil copias- y uno de los trabajos más logrados de los chilenos. El larga duración agrupa canciones que se volverían clásicos incondicionales, como Animal, Día Cero y El Duelo, y que coronarían a Cuevas como letrista-poeta, que a menudo expresa con claridad y profunda belleza sus sentimientos sobre la paz, el amor, las relaciones, la espiritualidad o los complicados caminos de la humanidad.
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